“Más tarifazos o Cristina”, reza una ostentosa y enorme pintada en la avenida 53 de nuestra Ciudad. Esta cruda imagen pendular, de impactante cualidad de síntesis, me pareció la definición perfecta del destino probable de este país desquiciado. No necesita ninguna explicación, lo dice todo. Lo dice todo en cuanto a la proyección, pero no sé si en cuando a la causalidad. ¿Cuándo comienza el movimiento del péndulo, no en términos de la crisis histórica de la Argentina, sino en relación al lapso concreto que indicaría la pintada? Aclaremos, de paso, que el término “tarifazos” no es una vulgar sinécdoque, ni un hallazgo del lenguaje popular: representa el núcleo de la política del gobierno, la piedra de toque que condensa su estrategia económica, su ideología, sus intenciones y al mismo tiempo los límites de su discurso.

¿Cuándo se colocó Mauricio Macri en la primera posición tangencial del péndulo? Fue en el momento de asumir, cuando la ex presidente se negó a participar del acto y entregarle los atributos simbólicos. Lejos de denunciar esa actitud en su profundo contenido totalitario y antidemocrático, el flamante presidente la pasó por alto, en función, tal vez, de un equívoco optimismo. Equívoco, porque si bien expresaba un gesto positivo y esperanzador, no ocultaba su carácter sesgado, en tanto negaba un dato político sustancial de la realidad.

Ese carácter sesgado y negador de su discurso se hace evidente a dos años de gestión. Macri habla del “grave problema de la inflación”, como si él fuera una víctima, un antagonista del fenómeno, y no tuviera nada que ver en su gestación. ¿Cómo se puede pretender combatir la pobreza y al mismo tiempo descargar sobre la población inhumanos tarifazos y recortar el haber de los jubilados? Desde que asumió el nuevo gobierno, aumentan sin cesar no sólo los precios regulados, sino también los alimentos y medicamentos. Esto no se puede entender desde el análisis racional, ni mucho menos desde la prédica de los economistas que viven en la burbuja de análisis macroeconómicos. Para entender estas aporías macristas, estas antítesis, parece más adecuado apelar al lenguaje infantil, o al de las fábulas antiguas: “tranquilos, niños, que el ogro de aspecto terrorífico en el fondo es bueno, y en su bolsa sólo trae para ustedes regalos y parabienes, no hay nada que temer”.

Dicho en otros términos, un esquema pseudo desarrollista, o si se quiere neoshumpeteriano, o el mix de ambos modelos, no puede prosperar en un país en el que aumente a gran escala la pobreza, la que ya venía desde el turno anterior en índices altos.

En la posición opuesta del movimiento pendular, el de la pintada, se encuentra Cristina. El kirchnerismo no es uno solo, tiene dos caras: por un lado la dirigencia, una banda de corruptos y oportunistas, que con hábiles gestos tribuneros supo ganarse a un sector de la “progresía” ávido de volver a creer, mientras ellos, los dirigentes, robaban a cuatro manos. Por otro lado están sus bases y su militancia. Conozco montones de adherentes a Cristina que son personas honestas, íntegras, de verdadero sentido social, y de buenas intenciones. Pero al carecer de mirada crítica sobre sus dirigentes y adoptar a libro cerrado los precarios slogans kirchneristas, terminaron en una ceguera cercana al fanatismo.

LA PESADILLA DE LA HISTORIA

Un texto de Margaret Atwood me llevó a recordar la afirmación de Stephen, en el “Ulises” de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que intento despertar”, frase que pasó a la posteridad como una de las más célebres del autor irlandés. El texto de Atwood es la introducción a su famosa novela “El cuento de la criada”, publicada en 1985, y traducida a más de cuarenta idiomas. En 1989 se convirtió en una película, ha sido una ópera y también un ballet, y en 2017 se estrenó en base a ella una serie de televisión.

En “El cuento de la criada” una secta teocrática y fundamentalista se alza con el poder en Estados Unidos, creando un régimen de opresión. Al mismo tiempo, la población se está reduciendo a causa de la contaminación ambiental, y la élite gobernante se las arregla para repartirse las hembreas fértiles como criadas. Pese a su carácter ficcional, metafórico, y de referencia -según su autora-, a los cuentos de hadas y relatos folklóricos, esta novela plantea un escenario futuro preocupante, tal como lo fueron las novelas de Kafka. La de Atwood es una novela de atmósfera y de recursos kafkianos. Y no es casual, dado que el autor checo planteaba situaciones humanas concretas, trabajando con su entorno inmediato, sin sospechar que la historia pondría en práctica “la uniforme serie de pesadillas que su sinceridad le dictó”, como señaló Milan Kundera. Como Joyce, Franz Kafka, escribiendo en el período de entreguerras, percibió en su siniestra magnitud “la pesadilla de la historia”.

Volviendo a la pintada de la avenida 53, y a su imagen pendular, anotemos que el movimiento de un péndulo es periódico, pues sus variables se repiten de forma constante por un cierto tiempo. De ahí el carácter poderosamente significativo de la inscripción. ¿Es esa la alternancia que nos espera?

Si continúan los tarifazos, como emblema de la política oficial, es de suponer un escenario de conflictividad social, inflación constante, pobreza creciente y destino incierto. Al mismo tiempo la clase política no parece dispuesta a lograr una alternativa electoral homogénea, sólida y convincente, con miras a reconstruir el país y al bienestar general. Carece de condiciones para tal objetivo. Por otra parte la justicia, con sus movimientos carnavalescos, que merodea sin llegar jamás al fondo de los asuntos, es incapaz de presentar parámetros éticos a la sociedad.

Queda Cristina: pero si el vaivén pendular la llevara a ganar las elecciones en 2019, las recetas del populismo no servirían para un contexto residual, como el que quedaría si el actual gobierno fracasa. Se me ocurre que el país iría rápidamente a su desintegración. “Más tarifazos o Cristina”: la cruda síntesis de una pesadilla argentina de la que tanto cuesta despertar.

Por Alejandro Fontenla

Profesor en Letras (UNLP)

Fuente: diario EL DIA – La Plata